Es la primera decisión al abrir una cuenta afuera, y la que más se toma por costumbre en lugar de por criterio.

Abrir la cuenta a nombre propio es más simple, más barato y, para una cartera de inversión de una persona o un matrimonio, suele ser suficiente. Una sociedad agrega una capa: costo, obligaciones de información y administración. Sólo se justifica cuando esa capa resuelve algo.
Una persona o un matrimonio: cuenta propia con cotitular y beneficiarios. Varios hermanos, socios o generaciones: la sociedad ordena participaciones, decisiones y salidas.
Una cuenta individual en Estados Unidos sin beneficiarios designados puede quedar sujeta a un proceso sucesorio local, largo y caro. Una sociedad (o una cuenta bien configurada) evita ese problema. Este punto, solo, decide muchos casos.
Una cartera líquida convive bien con una cuenta propia. Inmuebles, participaciones en empresas o activos en varias jurisdicciones piden una sociedad que los consolide.
Una estructura que no sabés explicar en dos frases es una estructura que no necesitás.
Sociedades heredadas de otra época, en jurisdicciones que ya no sirven, que cuestan mantenimiento y no resuelven nada. Y cuentas individuales de patrimonios grandes, sin beneficiarios, a nombre de una sola persona. Los dos extremos tienen arreglo, y el primer paso es el mismo: mirar el mapa completo antes de tocar nada.
Columna informativa y general. No es asesoramiento legal, impositivo ni recomendación de inversión. Cada caso se analiza con los profesionales correspondientes. Normativa vigente a la fecha de publicación.